martes, 5 de enero de 2010

Mandarina mandarina llamando a Fresa


Pueblucho polvoriento, calles casi desiertas, angostas y oscuras como si siempre fuera de noche. Letreros luminosos aparecían intermitentemente a la altura de las paredes de las casas, cartas de un tarot de símbolos rurales mexicanos, multicoloridos diseños de feria. Aski'o insistía en que lo esperara, que ya casi nos íbamos, pero cuando se sentó con Hog ante una mesa de lámina blanca despostillada a rememorar la época de sus mejores tropelías, me levanté decidida a irme. Ni idea de cómo salir de ahí cuando llegó un fisher price rojo y amarillo, descapotable y pequeñísimo como corresponde a los de su especie. La conductora, una lesbiana empedernida, y con ello me refiero a una excesiva corpulencia, pelos decolorados por la exposición al sol remojada en cerveza y rematados en coleta Daniel Boom y actitudes mucho más amedrentadoras que las de cualquier macho norteñoso. Por órdenes de Mandarina, a quien obedecía sin chistar, nos llevaría hasta el extremo sur de la ciudad. Junto a mí se acomodó una cuarentona llamada Patricia, que se juraba novia despechada de Mandarina, aunque ni en sus sueños más enfermos él se hubiera rendido a sus deplorables influjos, más por los veinte kilos de sobrepeso que contradecían los gustos básicos de mi querido Yustad. La conductora (de ninguna manera usaré el horripilante término chofera) arremetía contra el acelerador, y en ese cochecito obviamente de juguete pronto nos arrollaría no un tráiler sino cualquier pinche automóvil. De entre todos los coches del mundo Yusuf tenía que haber elegido el más lindito, lúdico pero impráctico...

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