jueves, 21 de enero de 2010

Página 12

Vaya que Walter Pengue descuidó la redacción de su artículo, tanto que refiere a Vulcano, 2006 y al final del párrafo, entre paréntesis, descubro una p. 12, 2008. O Vulcano tenía otro texto de 2008 o el autor olvidó poner el apellido del autor, con lo que mi referencia quedaría colgando. Lo preocupante era que yo no estaba revisando un texto inédito sino simplemente me ocupaba de una cacería de erratas para la reedición de la revista en su versión Coño Sur, diría el querido Vlady... de manera que el error se publicó en el núm. 157, abril-junio de 2009 y, por supuesto, el revisor en turno no se había tomado la molestia de cotejar referencias. Como ya era imposible comunicarme con Walter para preguntarle qué había querido escribir (corríamos el riesgo de que se percatara del error y exigiera una fe de erratas) sólo podía revisar el original y, oh sorpresa, mi querido y argentinísimo economista no se había equivocado en la referencia:

(Pagina 12, 2008)

salvo por el acento y la falta de cursivas... aunque si el corrector hubiera revisado la bibliografía habría podido descubrir que se trataba del diario argentino. La ignorancia aunada a la pereza (vaya que da güeva revisar las referencias... así es este trabajo) lo llevó a la solución más fácil:

(p. 12, 2008)

martes, 5 de enero de 2010

Mandarina mandarina llamando a Fresa


Pueblucho polvoriento, calles casi desiertas, angostas y oscuras como si siempre fuera de noche. Letreros luminosos aparecían intermitentemente a la altura de las paredes de las casas, cartas de un tarot de símbolos rurales mexicanos, multicoloridos diseños de feria. Aski'o insistía en que lo esperara, que ya casi nos íbamos, pero cuando se sentó con Hog ante una mesa de lámina blanca despostillada a rememorar la época de sus mejores tropelías, me levanté decidida a irme. Ni idea de cómo salir de ahí cuando llegó un fisher price rojo y amarillo, descapotable y pequeñísimo como corresponde a los de su especie. La conductora, una lesbiana empedernida, y con ello me refiero a una excesiva corpulencia, pelos decolorados por la exposición al sol remojada en cerveza y rematados en coleta Daniel Boom y actitudes mucho más amedrentadoras que las de cualquier macho norteñoso. Por órdenes de Mandarina, a quien obedecía sin chistar, nos llevaría hasta el extremo sur de la ciudad. Junto a mí se acomodó una cuarentona llamada Patricia, que se juraba novia despechada de Mandarina, aunque ni en sus sueños más enfermos él se hubiera rendido a sus deplorables influjos, más por los veinte kilos de sobrepeso que contradecían los gustos básicos de mi querido Yustad. La conductora (de ninguna manera usaré el horripilante término chofera) arremetía contra el acelerador, y en ese cochecito obviamente de juguete pronto nos arrollaría no un tráiler sino cualquier pinche automóvil. De entre todos los coches del mundo Yusuf tenía que haber elegido el más lindito, lúdico pero impráctico...